martes, 16 de noviembre de 2010

He de ser mujer para darte quejas, varón para ganar honras.

Generoso Segismundo,
 cuya majestad heroica
 sale al día de sus hechos
de la noche de sus sombras;
y como el mayor planeta,
que en los brazos de la Aurora
se restituye luciente
a las flores y a las rosas,
y sobre mares y montes,
cuando coronado asoma,
luz esparce, rayos brilla,
cumbres baña, espumas borda;
así amanezcas al mundo,
luciente sol de Polonia,
que a una mujer infelice,
que hoy a tus plantas se arroja,
ampares, por ser mujer
y desdichada; dos cosas,
que para obligar a un hombre
que de valiente blasona,
cualquiera de las dos basta,
de las dos cualquiera sobra.
Tres veces son las que ya
me admiras, tres las que ignoras
quién soy, pues las tres me has visto
en diverso traje y forma.
La primera me creíste
varón, en la rigurosa
prisión, donde fue tu vida
de mis desdichas lisonja.
La segunda me admiraste
mujer, cuando fue la pompa
de tu majestad un sueño,
una fantasma, una sombra.
La tercera es hoy, que siendo
monstruo de una especie y otra,
entre galas de mujer,
armas de varón me adornan.
Y porque, compadecido
mejor mi amparo dispongas,
es bien que de mis sucesos
trágicas fortunas oigas. […]
Lo más que podré decirte
de mí, es el dueño que roba
los trofeos de mi honor,
los despojos de mi honra.
Astolfo...  ¡ay de mí!, al nombrarle
se encoleriza y se enoja
el corazón, propio efecto
de que enemigo se nombra.
Astolfo fue el dueño ingrato
que, olvidado de las glorias
—porque en un pasado amor
se olvida hasta la memoria—,
vino a Polonia llamado
de su conquista famosa,
a casarse con Estrella,
que fue de mi ocaso antorcha.
¿Quién creerá que habiendo sido
una estrella quien conforma
dos amantes, sea una Estrella
la que los divida agora?
Yo ofendida, yo burlada,
quedé triste, quedé loca,
quedé muerta, quedé yo,
que es decir, que quedó toda
la confusión del infierno
cifrada en mi Babilonia;
y declarándome muda,
porque hay penas y congojas
que las dicen los afectos
mucho mejor que la boca,
dije mis penas callando,
hasta que una vez a solas,
Violante, mi madre, ¡ay cielos!,
rompió la prisión, y en tropa
del pecho salieron juntas,
tropezando unas con otras.
No me embaracé en decirlas;
que en sabiendo una persona
que, a quien sus flaquezas cuenta,
ha sido cómplice en otras,
 parece que ya le hace
la salva y le desahoga;
que a veces el mal ejemplo
sirve de algo.  En fin, piadosa
oyó mis quejas, y quiso
consolarme con las propias;
juez que ha sido delincuente,
¡qué fácilmente perdona!,
y escarmentando en sí misma,
y por negar a la ociosa
libertad, al tiempo fácil,
el remedio de su honra,
no le tuvo en mis desdichas;
por mejor consejo toma
que le siga, y que le obligue,
con finezas prodigiosas,
a la deuda de mi honor;
y para que a menos cosa
fuese, quiso mi fortuna
que en traje de hombre me ponga.
Descolgó una antigua espada,
que es ésta que ciño. Agora
es tiempo que se desnude,
como prometí, la hoja,
pues confïada en sus señas,
me dijo, "Parte a Polonia,
y procura que te vean
ese acero que te adorna,
los más nobles; que en alguno
podrá ser que hallen piadosa
acogida tus fortunas,
y consuelo tus congojas."
Llegué a Polonia, en efecto;
pasemos, pues que no importa
el decirlo, y ya se sabe,
que un bruto que se desboca
me llevó a tu cueva, adonde
tú de mirarme te asombras.
Pasemos que allí Clotaldo
de mi parte se apasiona,
que pide mi vida al rey,
que el rey mi vida le otorga,
que, informado de quién soy,
me persuade a que me ponga
mi propio traje, y que sirva
a Estrella, donde ingeniosa
estorbé el amor de Astolfo
y el ser Estrella su esposa.
Pasemos que aquí me viste
otra vez confuso, y otra
con el traje de mujer
confundiste entrambas formas;
y vamos a que Clotaldo,
persuadido a que le importa
que se casen y que reinen
Astolfo y Estrella hermosa,
contra mi honor me aconseja
que la pretensión deponga.
Yo, viendo que tú, ¡oh valiente
Segismundo!, a quien hoy toca
la venganza, pues el cielo
quiere que la cárcel rompas
de esa rústica prisión,
donde ha sido tu persona
al sentimiento una fiera,
al sufrimiento una roca,
las armas contra tu patria
y contra tu padre tomas,
vengo a ayudarte, mezclando
entre las galas costosas
de Dïana, los arneses
de Palas, vistiendo agora,
ya la tela y ya el acero,
que entrambos juntos me adornan.
Ea, pues, fuerte caudillo,
a los dos juntos importa
impedir y deshacer
estas concertadas bodas:
a mí, porque no se case
el que mi esposo se nombra,
y a ti, porque estando juntos
sus dos estados, no pongan
con más poder y más fuerza
en duda nuestra victoria.
Mujer, vengo a persuadirte
al remedio de mi honra;
y varón, vengo a alentarte
a que cobres tu corona.
Mujer, vengo a enternecerte
cuando a tus plantas me ponga,
y varón, vengo a servirte
cuando a tus gentes socorra.
Mujer, vengo a que me valgas
en mi agravio y mi congoja,
y varón, vengo a valerte
con mi acero y mi persona.
Y así, piensa que si hoy
como a mujer me enamoras,
como varón te daré
la muerte en defensa honrosa
de mi honor; porque he de ser,
en su conquista amorosa,
mujer para darte quejas,
varón para ganar honras.


Una buena parrafada, ¿eh? Para mí, lo mejor de la obra. Esa Rosaura, ese huracán que da primera vida a la escena. Las tablas vacías, muertas, y ella, dolor y furia, honra y venganza, que clama al cielo por su honor perdido, a la tierra por su vergüenza, llenando de pasión la madera hueca.

Quien haya tenido la paciencia de leerlo sabe ya —o intuye— la historia de Rosaura, de esta dama —rosa de oro, con todo lo que eso conlleva— que busca, como otras muchas, la restitución de su honra. ¿Cuál es, entonces, el rasgo que la difiere de tantas y tantas otras del teatro español? ¿Cuál la clave que la convierte en uno de los personajes femeninos más importantes del teatro europeo? Rosaura, cuyo nombre evoca el secreto y el bien más preciado de la mujer a la vez que la relaciona con el sol y la nobleza, resume, en todo este “monólogo” —que realmente no lo es porque tiene un interlocutor en escena— su razón de ser; su pasado, presente y futuro; su propia eternidad.

¿Qué es la mujer en el Siglo de Oro? ¿Cuál es su papel social? ¿Cuál su posibilidad de actuación? Ninguna. La mujer no es nada, sino el recipiente del honor del hombre —padre, hermano, marido—. Ella no cuenta para nada, no hace —no puede hacer— nada, sino clamar por su bien perdido. Es el hombre, el tutor, el auténtico dueño de la honra, quien ha de protegerlo, defenderlo y vengarlo. Y ella mira y espera.

Hablo de honra porque es el caso. También ocurre con cualquier otro tipo de actividad social. ¿Qué es Lady Macbeth sino el cerebro de su marido, el intelecto que controla e incita la fuerza bruta del hombre? ¿Por qué Belisa y Doña Juana se disfrazan para encontrar y conquistar a Don Juan y Don Martín? ¿Por qué Viola se hace pasar por su hermano? La lista es innumerable, y más allá del interés estético del público masculino —¡que vivan las curvas!—, la mujer vestida de hombre implica una problemática social bastante actual. Una problemática que, a pesar de estar mil veces representada en la escena, sólo Rosaura teoriza de una manera concreta.

«Mujer, vengo a persuadirte/al remedio de mi honra;/y varón, vengo a alentarte/a que cobres tu corona.» ¿No hay, quizá, algo de Lady Macbeth en el interés político de Rosaura? Salvando las distancias —especialmente en cuanto a la motivación—, Rosaura se mete aquí en terreno prohibido para la fémina, en una actividad puramente masculina: la lucha por el poder. Y para ello se convierte en varón; necesita, convertirse en varón.

Rosaura, que al igual que Aldonza Lorenzo es vivo reflejo de su madre, intenta tomar, sin embargo, las riendas de su propia venganza. Pero para ello necesita transformarse, necesita dejar su posición pasiva y convertirse en personaje activo. ¿Cómo hacerlo siendo mujer? Imposible: la mujer es personaje pasivo por naturaleza; es testigo y víctima, jamás ejecutor o verdugo; jamás agente de la acción. La espada, regalo de su madre —también burlada— cobra en esta transformación una gran importancia: símbolo fálico por antonomasia, no lo es por su forma, sino por lo que representa. Elemento masculino sólo por ser un arma y por ser el hombre el que lucha, el que la utiliza; utensilio de violencia, de muerte, de poder, venganza y, quizá, justicia. Es la espada, y no otros detalles de la vestimenta, lo que convierte a Rosaura en hombre, lo que permite el engaño social y, por tanto, la libertad de acción de la mujer. La espada, que tanto remarca la madre de Rosaura y que ésta desenfunda en el momento de mayor tensión dramática, de mayor acción social y política —recordemos que se trata del levantamiento de Segismundo, apoyado por el pueblo, contra el rey Basilio—, es lo que le permite, por fin, convertirse en un personaje activo y luchar abiertamente por sus propios intereses, por su honra.

Uno de los mayores aciertos de esta obra es, sin duda, el paralelismo de tensión dramática que existe entre las dos historias principales. Es una pena que el lector poco instruido se quede sólo con la copla de Segismundo, pero una vez más podemos ver el décalage del rol social femenino. La historia de Rosaura es —quizá barro demasiado pa’ casa— aún más fascinante que la del príncipe. Son tres los encuentros de los dos personajes —remito al texto—: el primero, en el que Rosaura aparece vestida de hombre, supone el primer ser humano que Segismundo ve, aparte de su carcelero Clotaldo; el segundo, la dama es ahora criada; el tercero, «siendo/monstruo de una especie y otra,/entre galas de mujer,/armas de varón me adornan». ¿Qué es entonces Rosaura? ¿Qué, este «sol, lucero, diamante, estrella y rosa» que blande la espada y guía y levanta masas a la revolución?

Rosaura es una mujer del siglo XX en una sociedad del siglo XVII. Rosaura es una pionera, una luchadora; como las primeras que llevaron pantalones o que condujeron coches, las primeras solteras por elección propia. Rosaura es una mujer activa, ni más ni menos. Pero está atrapada en el Siglo de Oro, en una sociedad que la condena. No puede ser lo que es: por eso el disfraz y la crisis de personalidad; por eso el monstruo. Rosaura viaja sola, se defiende sola, llega sola a su destino y sola planea su venganza; pero no puede llevarla a cabo: no puede recuperar su propia honra, porque, a pesar del disfraz, a pesar de la espada, sigue siendo mujer. He ahí su gran tragedia, la gran tragedia de todas las damas deshonradas —dentro y fuera del teatro—: por mucho que intenten cambiarlo, por mucho que luchen o se disfracen, siguen siendo mujeres; siguen siendo sujetos pacientes de la acción.

Rosaura necesita a Segismundo; necesita que Segismundo vengue su honra, que restablezca el orden. Dejemos a un lado la anticipación de la victoria de Segismundo, de su acceso al trono, que la petición conlleva. Rosaura no necesita un rey: necesita un hombre; un hombre que restablezca su honra. ¿Por qué? Porque, al fin y al cabo, es una mujer. Una mujer que se ha disfrazado de hombre, que ha actuado como tal, pero que se ha descubierto: la rosa robada, el secreto conocido. La mujer vuelve a ser mujer, y como tal debe comportarse. Por eso implora el remedio de su honra; por eso enternece; por eso necesita que «me valgas/en mi agravio y mi congoja». Y si, como hombre —como única posibilidad de agente, de mujer activa— ofrece su aliento, su servicio y su acero a Segismundo, es sólo como moneda de cambio para su propio interés, porque necesita un hombre que la restituya.

¿Qué es Rosaura aquí? ¿Es la dama deshonrada o el hombre político? ¿Es la mujer encerrada en el espacio interior —la familia, el nombre—, o el macho destinado a un espacio exterior, social? ¿Qué es Rosaura exactamente? ¿Qué es Don Juan, qué Don Gil? ¿Qué Cesario? ¿Qué es la mujer vestida de hombre? ¿Es mujer? Sí y no: es disfraz y engaño; es truco. Es un ardid; un paciente agente, una crisis de personalidad. Es un quiero y no puedo con el que todavía lidiamos. Pero en esta batalla, entre tantos soldados, tantos nombres, uno sobresale: Rosaura. Como una amazona, como una heroína, Rosaura destaca: ella es la rosa, con sus pétalos y sus espinas; no es disfraz, ni nombre cambiado, ni engaño real. Rosaura es Rosaura, y en hábitos de criada o ciñendo una espada, se yergue como ella misma, como mujer. Una mujer que da voz a la acción de otras muchas. Una mujer que clama por su libertad de acción, por su capacidad de actuación. ¿Qué lo hace como hombre? Sí, como todas las demás. Pero ella no se esconde, ella lo dice alto y claro: «porque he de ser,/en su conquista amorosa,/mujer para darte quejas,/varón para ganar honras.».

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